Este artículo es un extracto de un escrito publicado en el siglo XIX por el ingeniero de minas Lucas Mallada, y recogido hace años en la revista Quercus. Como comenta esa publicación, es una prueba viva de que en el último siglo, la situación no ha cambiado nada: los males forestales ( y generales) de la Patria siguen esperando solución.
Los males de la Patria
por Lucas Mallada
La general escasez de arbolado es otra causa evidente de la pobreza de nuestro suelo, no sólo porque en sí lleva la carestía de leña y maderas e implica el poco desarrollo de industrias derivadas, sino porque acentúa en extremo la sequedad del territorio.
El aumento de la tierra vegetal crece en razón directa de la cantidad de arbolado. Los despojos de los montes, de la leña muerta y de la hojarasca, constituyen un abono natural, enriqueciendo a aquélla con sobrada proporción de humus o mantillo; y éste no puede tener asiento en las comarcas peladas, a las cuales las mismas lluvias desgarran, haciendo asomar el subsuelo con toda su desnudez.
Véase lo ocurrido en muchos parajes de España, donde, con vandálicos instintos e irracional egoísmo, las generaciones que nos precedieron arrasaron enteramente los bosques. Muchas montañas que hoy vemos improductivas, lo seguirán siendo por luengos siglos. En cuanto se arrebató la vida de los árboles que las vestían, sus raíces, ya muertas, quedaron sin fuerza para entretejer el suelo con el césped que aprisionaba la lluvia; se agostaron las más humildes hierbecillas y los arbustos; quedó sin defensa la tierra vegetal, y el trueno de la tempestad se confundió con el estrépito de los témpanos del suelo que cedía al empuje de las aguas. Aquellas montañas, coronadas de flores en pasados siglos, tienen hoy sus rocas al descubierto; antes eran cruzadas en todos sentidos por inmensos rebaños; albergaban felices moradores, las surcaban sendas en todas direcciones; hoy no encontraréis más que ruinas, enormes peñones y grandes cantaleras. Nada que pueda alterar el silencio más absoluto!
En un país como el nuestro, donde, por su grande altura media, los ríos tienen que verter sus aguas tumultuosamente, en un país tan desgraciado como el nuestro, donde los gritos de dolor por las inundaciones ahogan las angustias causadas por las sequías, y donde los ardores de un sol abrasador suceden las lluvias torrenciales que todo lo arrasan; en un país tan desventurado como el nuestro, donde tantos miles de kilómetros cuadrados yacen totalmente en abandono, abandono de los que en él seguimos habitando, y abandono de los que emigraron, se cuida poco de la renovación del arbolado. Los ríos circulan por comarcas completamente descuajadas en largos trechos; manos impías los privaron de su mejor adorno, quedando sus orillas indefensas, sin cesar roídas por las aguas.
En su lamentable atraso, en su crasa ignorancia, los pueblos se interesan poco por el fomento de los árboles. Hay provincias enteras donde se tiene repugnancia al más hermoso adorno, a la mejor hechura de la creación. hay comarcas donde es general la aversión al arbolado, sin otro motivo de que atrae a los pájaros y estos devoran las semillas. Bárbaros países de rudos moradores! Merecéis, en cambio, no tener una flor, ni una gota de agua en vuestros campos, asolados por millones de voraces insectos! Que entre estos, más que en las semillas, buscan las aves su natural alimento.
Si mal no recordamos, poco antes de la revolución de setiembre [de 1868] se dictó una ley encaminada a la multiplicación del arbolado. Dicho está que esa ley, como otras mil de las muchas que se dictan en España, ha sido letra muerta, y letra muerta siguen también otras disposiciones posteriores encaminadas al mismo objeto por la falta de fundamento y de sustancia con que en Madrid se decreta y legisla. Para más tiempo del que nuestros gobernantes se figuran quedará en pie tal problema.
Ciegos los gobiernos por la codicia de allegar recursos a todo trance y de cualquier manera, ciego el país por la codicia de ganar terrenos para el cultivo en tierra virgen, fuese o no impropia para la agricultura, y, en cambio, listos y muy avisados los codiciosos especuladores que con la madera y la leña arrancadas pagaban sobradamente los plazos de sus compras, en pocos años se descuajaron más de cuatro millones de hectáreas, en su mayor parte inutilizadas indefinidamente para el cultivo forestal, en su casi totalidad perpetuamente inutilizadas para el cultivo agrario beneficioso.
El fragmento anterior pertenece al libro "Los males de la Patria y la futura renovación española" publicado en 1890 por Lucas Mallada (1841-1920).Está publicado en la Colección "El libro de Bolsillo" de Alianza Editorial, n. 198. Madrid 1994.
Lucas Mallada no fue un arbitrista desencantado o un agorero resentido. Ingeniero de minas, fundador de la paleontología española, de amplios conocimientos de geografía y geología, fue un sabio y un humanista en el pleno sentido de la palabra. Viajero incansable por España, su diagnóstico es certero y su actualidad no se ve empañada por la pasión ni por el paso del tiempo.